Mis queridos ancestros: ¿soñasteis conmigo alguna vez?
Pero yo tenía un frío que era incapaz de reconfortar. Así que no había nada que me hiciera entrar en calor. Y aunque quienes de verdad saben de qué hablan dicen que son extremadamente calientes, fui a una de esas estrellas azules y..., por lo menos para mí, claro, frías. Su tenue y pálida luz me cegaba pero, entornando los ojos, me arrodillé y recogí una piedra estelar.
En un mar de anaranjada arena hecha de estrella me senté a contemplar un cúmulo de galaxias, donde cada punto luminoso, pequeño como un agujero hecho con una aguja en el tejido oscuro del firmamento apagado, contenía la luz de un leviatán de cientos de kilopársecs, y la misma congoja dimensional me sobrevino que aquél día en que en una cueva excavada por el agua pude ver, de un solo vistazo, varias decenas de milenios de historia del arte humano. Cuando fui consciente de que las pinturas al carbón que veía estaban tan lejos de mí en el tiempo como otros grabados que, sólo moviendo los ojos, también podía ver, estaban de esas pinturas.
Conmoción. Aunque no es, es como si... es como bucear hasta el límite del conocimiento, superar el borde y precipitarse para siempre.
Yo también fui piedra de sol.