Esta no es mi última palabra.

Sé que contiene errores, pero me da pereza corregirlos. Esta no es mi última palabra.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Imposturas interlinguales

 Me gusta la gramática. ¿Pero, a quién se le ocurre? Quizá me atrae porque es como los engranajes de los lenguajes. Y porque encuentro similitudes y engranajes que valen para un idioma y otro. Que, dicho sea de paso, me gustan los idiomas. Sus sintaxis, sus peculiaridades, sus sonidos. Sus normas caprichosas.

 El curso 24-25 estuve estudiando intensamente euskara. Una de las cosas que leí sobre las peculiaridades de este idioma, en casi inevitable comparación con el castellano, es algo más rígido y compacto, poco dado a la paráfrasis. Mientras que con toda naturalidad en castellano decimos que, por ejemplo, vamos a hacer la revisión  de los cambios que vayamos viendo que tenemos que ir haciendo... el euskara ya está de vuelta una vez ha sentenciado que revisemos los cambios.
Hay personas nacionalistas en este mundo. Qué le vamos a hacer. Más de una vez he oído decir a alguno que el español es un idioma muy culto por su riqueza. Ese alguno era un cafre nacionalista. O un sinvergüenza que no es nacionalista, pero usa esa ideología para sacar tajada. Que es lo que hay.
 

 Cierto día, investigando por estas peculiaridades diferenciales, leí que la característica del castellano para dar tanta vuelta retórica no es sino su procedencia del latín, lengua que fue vehículo y herramienta para gobernar un imperio durante siglos en la antigüedad. De donde nació la necesidad de legislar, documentar, debatir en senados y cosas por el estilo. No sé si leí eso exactamente o es la interpretación que hice yo.
Sea como sea, decir que es más rico y culto es una falsedad. Es peculiar. Como todos y cada uno de los demás idiomas. Que sirven perfectamente para lo que sirve una lengua.

 Hace años asistí a una conferencia donde Itziar Laka hablaba de las palabras invisibles, que hilaba con el Jabberwocky de Lewis Carrol. Me acuerdo a veces de ella cuando, en mi labor de secretario, tengo que escribir acuerdos en actas y, en su redacción, tengo que incluir demasiadas palabras. De las que nunca se usan en el día a día. Y me da rabia.




 Había por ahí alguien que decía que la revolución se hace en el BOE. En cierto sentido análogo, yo pienso que, también, una poca de la revolución se hace en las actas que escribo. Y también pienso que el lenguaje jurídico es un medio de opresión que utiliza el aparato estatal para mantener a las personas con las manos bien lejos del poder. 
Lenguaje jurídico que tratamos de imitar en los acuerdos que redacto en las actas. Quizá por complejo de inferioridad. Quizá por que queremos parecernos a esas personas que parece que saben hacer cosas de estas de acuerdos y textos legales.
Y, no se lo niego; saber, saben. Pero lo que saben no es algo más elevado que programar máquinas en lenguaje Heidenhain. Aprenden un lenguaje técnico específico de su profesión al que se habitúan y que, por fuerza del uso y la costumbre, manejan con soltura, cosa que los demás, pues no. Pero como quien en su labor de calderería se acostumbra a hablar en radianes, vamos.
El caso es que los textos legales recogen el funcionar de la vida de las personas. Aquello que les influye. Hacer esos textos enrevesados e ininteligibles es, en síntesis, alejar a las personas de la toma de decisiones que afectan a sus vidas. Una guarrada.

 Una vez fui a ver una conferencia organizada por la Asociación Republicana Nicolás Guerendiain, donde Carlos Hernández de Miguel presentaba su libro "Los campos de concentración de Franco. Sometimiento, torturas y muerte tras las alambradas". Por ahí, en la listad de Mentes en contacto de la derecha andará, leído en su día. Por cierto, recuerdo que tuve que interrumpir su lectura para retomarla más adelante en una época de mi vida en que no podía abrazar tanto sufrimiento ajeno... tenía bastante con el propio. En fin. Ese día, Carlos Hernández, además de dedicarme firmado su libro, plantó la semilla de una idea en mi mente. La de la manía que tenemos de asumir como propio el lenguaje de la opresión. Él daba el típico ejemplo de la persona a la que los falangistas habían asesinado y de la que se decía: «si ni siquiera estaba metido en política ni nada». Que es que pareciera que estar sindicado te hiciese merecedor de un disparo en la cabeza, o al menos entonces existiese una cierta justificación o lógica para haberte pegado el tiro.
Eso mismo nos enseñaba también el clamor de las chilenas que cantaban «Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía».


Ragnar me trajo de Japón una máquina de escribir a mano y saqué esta foto para enseñarle que pintaba. De un momento en que, como escribo en las actas, «actuaba como secretario».



 Cuando leí "La rebelión de las masas" me quedé sorprendido de la clarividencia de Ortega y Gasset. Y ahora resulta que ni él cuando lo escribió, ni yo cuando lo leí, fuimos capaces de prever el actual triunfo absoluto y trasversal de la mediocridad.

 »Este mismo texto, que estaba escribiendo tan tranquilamente sentado en el balcón de mi casa, fue interrumpido por el oligofrénico que vive a dos manzanas de aquí y muchos fines de semana tiene que, ya que su mente es tan poco capacitada, demostrarnos al menos la capacidad del equipo de sonido de su sala de estar, incluido el hecho de que no le da el parné para cuenta premium, o no le da la habilidad para instalarse un bloqueador de anuncios, y así nos hace escuchar a los de Línea Directa entre canción y canción. Al mismo tiempo, cuatro chavales en la plaza de abajo se divertían tratando de hacer estallar una botella de Coca-Cola, demostrándose mutuamente lo poco que les importa nada, cosas de la edad. Los padres de uno de ellos, en vez de procurarle educación, posiblemente tan incapaces como el anteriormente citado, en su lugar le habían procurado un cilindro de unos 20 cm de diámetro y unos 60 de altura, en modo de altavoz Bluetooth a través del que, para su poca vergüenza y entre canción y repugnante canción a volumen puesto para todo el barrio, sonaban sus notificaciones al móvil«.

 Hay un refrán que dice que «en el país de los ciegos, el tuerto es el rey», que declaro desfasado. En este «infierno de lo igual» (que diría el filósofo coreano) que hoy día vivimos, el rey es ciego también. No vayan a ofenderse los ciegos por la capacidad de ver del tuerto, ay parfavar.

El Salieri de Milos Forman absolvía, al final de esa obra maestra del cine que es Amadeus, a los mediocres del mundo. Yo todavía no he llegado a ese estado de paz mental.
Querido Antonio: en mis años como secretario he cruzado correos profesionales con decenas de personas, la mayoría de ellas con estudios superiores, y creo que sólo en una ocasión he visto bien utilizada la coma vocativa.
Querido Antonio: yo que recuerdo cómo la excelente profesora de Lengua que tuve en 3.º de BUP nos dijo, a principio de curso y como modo de presentación, que la primera haría como que no la había visto, pero que a la segunda falta de ortografía dejaba de corregir el examen. ¡Y el hecho de ser Lengua no la convertía en la única asignatura donde se nos aplicaba el mismo criterio! Y pues, ya ves, nos las apañábamos para estar a la altura de las exigencias, a nuestros dieciséis años. Yo que estudié ocho años más tarde y pude comparar cómo salían los alumnos del bachiller (se les suponía el mismo nivel que cuando yo acabé el COU) casi leyendo con el dedo y a sílabas. Y, madre del amor calculoso, con atragantamiento generalizado de fracciones matemática. Bachilleres técnicos a los que se les hacía bola fundamentos matemáticos de la primaria, ahí es nada.
Querido Antonio: a mí, en estas décadas, que he sido un currela siempre, me han mandado demasiadas personas que todavía tienen que llegar a mediocres.

 Jesús Quintero dijo una vez que el dominio del mundo actual por la estupidez es, paradójicamente, el hecho que facilita que por eso mismo esa mayoría estúpida sea dominada. Y no puedo estar más de acuerdo con esa reflexión suya.
El buen uso del lenguaje. El reconocimiento del talento y la búsqueda de la excelencia. ¿Dónde quedan? ¿Nos plegamos a los impostores? Los leí. A muchos de ellos. Filósofos varios, pero sobre todo los románticos y los constructivistas sociales. Neorelativistas y posmodernos. Impostores, todos. No me impresiona el oscurantismo de su escritura, sino más bien me produce desdén. Creadores de paparruchas que no han aportado nada positivo a la humanidad.
Y ahora hemos adoptado sus discursos.


 Finalmente. Me rebelo, en la medida en que me dejan, contra el uso de esa impostura intelectual que es el lenguaje legal. Que les den.

 


 




lunes, 17 de agosto de 2026

El primer número primo impar o de cómo intentar vaciar el mar a base de dedales

 ¿Y si hay un mal funcionamiento de la evolución aquí?
¿Y si no debemos sentir lo que sentimos?
O, al menos, tal y como lo sentimos.

 

 Cuando los pensamientos tienen su propia energía cinética y ejercen presión contra la barrera del mutismo a veces encuentran una salida.

 Como si armónicos esféricos, hechos de densa materia eléctricamente cargada, golpeasen la cara interna de nuestro cráneo hasta encontrar una salida por el foramen magnum. Como todo el mundo sabe, el equilibrio ha de ser estadísticamente alcanzado y, por tanto, la presión disminuir al encontrar la salida donde no se golpea, sino por donde se atraviesa al escape. Por el túnel por donde normalmente van esos impulsos, esta vez no se habrá de tomar el desvío que modula todo el aparato fonador, sino que se seguirá más adelante, allí donde las extremidades se convierten en precisos dedos capaces de pulsar un teclado.
Y, de este modo, hoy dejo escapar, liberados, mis pensamientos.

 

 Entre lo cotidiano y lo sublime, sobre una sublime superficie curva ideal, desprovista por tanto de imperfecciones, miro a unos cuantos cientos de pasos de distancia y veo alejarse uno de mis más profundos anhelos. Ella no está rapada esta vez; podría agarrarla del pelo* según se aleja... si solo estuviera a mi alcance, claro. Su coleta me dice adiós con ese movimiento de despedida que se contonea de lado a lado, cada vez más lejos e indistinguible. Cuando la pude detener, de frente, no lo hice. La dejé pasar de largo. De eso hace ya mucho; toda una vida. 

 El caso es que yo no estaría pendiente de ella si no fuera porque esta otra persona que viene a mi lado me estuviese llamando la atención sobre aquélla.

 No me fijo demasiado en cómo va vestida la gente. Así, en general. No es despiste; es desinterés. Puedo estar contigo a solas dos horas y si, sin avisar me hacen girar la mirada y decir cómo vas, quizá tengo problemas para decir si es pantalón vaquero y blusa o chándal y camiseta.
 Como quiera que sea, sé perfectamente que quien a mi lado viene ahora, alertándome, siempre va vestida de verde.
 Últimamente no la escucho demasiado tampoco, pero se resiste a dejar de acompañarme del todo. Pero, eso. Que ya no le hago tanto caso.

  Y, sin embargo, ya que el tiempo y la propia historia vivida me ha alejado un poco de ambas, tengo a ese último acompañante que completa el trío que se autocomplementa y retroalimenta. A éste sí que no puedo ignorarlo. No se va ni aunque me enfade con todo.

 Como si la ficción fuese una certeza.
 Como si...

 Dejados atrás los remordimientos por no aprovechar para parar a la Oportunidad, que se va, y habiéndole pedido a la Esperanza que no se me siga ofreciendo, ¿podría, por el amor de Crom, desaparecer el Deseo?

 

 

 * »No voy por la vida agarrando del pelo a las personas que pasan de largo cuando me arrepiento de no haberlas contenido cuando las tenía de frente. A ver. Tampoco es que las vaya deteniendo con la mano de frente cuando estoy a tiempo.
 Yo no me inventé el metafórico refrán. Es como me imagino esa alegoría y, por tanto, la interpreto. No lo he investigado, ni quiero. Si resulta que al final nos la figuramos calva por otra cosa...«

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 Es mediados de 1995 y tengo dieciocho recién cumplidos o estoy por cumplirlos. Sosteniendo a mi sobrina en brazos, un precioso bebé de pocos meses que ríe, yo también sonriente miro a la cámara que sujeta su madre, mi hermana, en la sala de la casa de mi madre, donde todavía vivo.

 Es mediados de 2026 y tecleo este relato en el balcón de mi casa, sentado a una pequeña mesa sobre la que está el viejo portátil recién recuperado al que esta pasada semana he instalado un, en mi opinión sobresaliente, Linux Mint XFCE.

 

loncha-rebanada espacio-temporal

 

 Es cierto, dicen, que no hay un ahora universal, ni que la simultaneidad es algo tan definido como nos es intuitivo concebir. No obstante, y sin querer violar ninguna ley clásica, los impulsos eléctricos intracraneales reconfiguran el tejido neuronal para fantasear sobre cómo poner todas esas infinitas instantáneas infinitesimales de mi vida en fila, formando una barra, un prisma ortoédrico recto, de treinta y un años de longitud. A su lado, en paralelo, la recorro a lo largo a _toda/máxima_ velocidad y veo cómo, por efecto de las transformaciones de la dilatación espacio-temporal, las instantáneas se van girando y estirando progresivamente hasta que sé que en algún lugar de este mismo universo mi hermana nos está sacando esa foto ahora mismo. Ja.

 

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 Hoy pensaba en si, de haber Aníbal entrado en Roma, habrían existido el cristianismo y el islam. Mucha miga ahí para imaginar ucronías. Sea como fuere, todo hubiera sido muy diferente y  mi querido Asdrúbal, cuyo nombre recuerda al padre del famoso general cartaginés, no hubiera sido Ateo Digital. De todas maneras, y como digo a veces, «el hubiera no existe». Te echaré muchísimo de menos, Asdrúbal.



 

 

 

 





Hipotético lector/a: gracias por leer este texto escrito por un humano. Si vives en una noche sin futuro, cuenta quiénes fuimos.
 
 

 











 

viernes, 3 de julio de 2026

No se permiten evoluciones

 Paredes celulares de celulosa. Además creo que es el estándar por el que deberíamos guiarnos cada vez que decimos cosas como "más evolucionado", "cumbre de la evolución", "superior", y así. Y que esa sea la característica que usen las personas expertas para identificar qué nos diferencia del resto de animales, además de, por supuesto, eso no hay ni que nombrarlo, el teatro contemporáneo y fabricar sujetadores sin aro. También así, cada vez que, antropomorfizando, queramos elevar el estatus de otros animales a nuestro mismo nivel, como dando a entender que eso los hace mejores de algún modo (ya ves truz), deberíamos afirmar que somos soberbios por pensar que esos otros animales no tienen paredes celulares vegetales, como los humanos. Que a ver cómo sabes tú que los demás animales no tienen de eso, so listo. Bueno, ¿ha quedado claro que pienso que la inteligencia humana se usa masivamente como un atributo superior por personas que pretenden dar a entender lo contrario (que no somos superiores)? Que, queriendo defender que otros seres vivos —casi siempre se refieren a peluchables, no nos emocionemos, no vamos a pensar ahora que las bellotas de mar quieren a sus larvas— también son dignos de respeto, lo mejor que se les ocurre es atribuirles emociones y pensamientos humanos, como si la falta de ellos resta dignidad. ¿Se ve ya la flojeza argumental? Creo que también hay buena parte de fantasma en la máquina en todo esto. Cómo no.

 

¿Actiniarios en el bosque?

 

 Y esto lo digo yo, que aunque me gustaría que una infección no me provocase un método automático de combatirla que me debilita o no haber tosido ayer medio café por boca y nariz porque el sorbo hizo diana en la úvula, me gustaría que fuéramos más inteligentes—ahora no es momento de profundizar, aficionados a la letra Ψ— porque quiero entender el tiempo y no me da la vida de currela para leer más libros de física.

 Todo esto es un poco de risa, aunque el lenguaje escrito pierda el matiz y parezca que hablo en serio... del todo. Y que las caritas llorando de risa mienten sobre cómo estoy escribiendo esto y se abusa de ellas cobardemente para quitarle hierro y tampoco quiero. Aviso. Y da pereza, a ver.

 

 

 

 

sábado, 2 de mayo de 2026

Conmoción

 

 

Mis queridos ancestros: ¿soñasteis conmigo alguna vez?

 

 

 Pero yo tenía un frío que era incapaz de reconfortar. Así que no había nada que me hiciera entrar en calor. Y aunque quienes de verdad saben de qué hablan dicen que son extremadamente calientes, fui a una de esas estrellas azules y..., por lo menos para mí, claro, frías. Su tenue y pálida luz me cegaba pero, entornando los ojos, me arrodillé y recogí una piedra estelar.

 En un mar de anaranjada arena hecha de estrella me senté a contemplar un cúmulo de galaxias, donde cada punto luminoso, pequeño como un agujero hecho con una aguja en el tejido oscuro del firmamento apagado, contenía la luz de un leviatán de cientos de kilopársecs, y la misma congoja dimensional me sobrevino que aquél día en que en una cueva excavada por el agua pude ver, de un solo vistazo, varias decenas de milenios de historia del arte humano. Cuando fui consciente de que las pinturas al carbón que veía estaban tan lejos de mí en el tiempo como otros grabados que, sólo moviendo los ojos, también podía ver, estaban de esas pinturas.

 Conmoción. Aunque no es, es como si...                  es como esa satisfacción que te hace sonreír cuando te sacan de un error y ves lo equivocado que estabas... claro, hasta ese momento... 

 

 

Yo también fui piedra de Sol

 

 ... es como bucear hasta el límite del conocimiento, superar el borde y precipitarse para siempre.


 

 

 

 

lunes, 27 de abril de 2026

Contacto

 Con lo que a mí me gusta la música y cantar. Me imagino perfectamente sintiéndome mejor si alguien me dedica en vivo una canción que me guste. 
Si un día me llevase cinco meses doliendo la muñeca, aunque la necesito usar a diario, y fuese de esas molestias que uno tiene que esperar a que se vayan lentamente mientras se realiza la función que la provoca.
Estaría muy bien entonces pasar un buen rato distraído de esa molestia escuchando esa canción dedicada. Y eso es todo.


 Querer pretender que esa canción cura, o peor, venderlo como tal es un engaño. Un engaño a alguien que sufre. El enfermo sufre y los que le aprecian sufren con él. Y porque sufre, se le engaña. O, al menos, se le engaña más fácil.
Y eso a mí me toca.


 Puede que el que dice que cura cantando piense de verdad que cura, y tiene buena intención. Pero la salud y el sufrimiento que causa su falta son cosas muy serias como para tomarlos a la ligera. En ese caso, si no es un engaño sí es una irresponsabilidad, por meterse en líos tan complejos y sensibles basándose en ideas... dejémoslo en que parecen bonitas.

Cartografiando la superstición en mi ciudad, me encuentro con una de esas
pseudoterapias cuyo nombre lleva la raíz «pathos». Que hay que tenerlos cuadraos.



 De las maneras que se me ocurren, esta es la más suave en que puedo expresar estos pensamientos. Es el primer paso cuidadoso después de mucha autocensura. Tengo muchas razones personales para ser más brusco y estar más enfadado con este asunto ya, pero no sé si más equilibrado en el discurso, que es lo menos que puedo hacer aunque no me lo hayan pedido así y parezca a veces que sólo otros se pueden ofender.
 

 Necesitaba esto.








domingo, 15 de marzo de 2026

Luombaka

 El claro océano era luminiscente. Azul, profundo y frío; no se veía fondo. El oleaje era violento, pero no rompía y, aunque era muy peligroso, las personas nos bañábamos en él.

 La puerta de madera oscura cerraba para todos y, aunque era una sola, cada cual tenía su llave. A cada llave la puerta respondía abriéndose a un lugar diferente.

 Después de abrir con la mía y cerrar tras de mí, ya sabía quién estaba dentro. No por tener un conocimiento previo sobre quién esperaba, sino por un presentimiento sólido. En la blanca intimidad propiciada por el espacio privado al que accedía, quien dándome la espalda ya lo ocupaba giró el rostro hacia mí para enseguida mostrar fría indiferencia —ah, tú— que al volver a mirar al frente ya era distancia inalcanzable.

 

 

A dormir

 

 El agua helada ascendía desde el fondo abisal del Atlántico Sur. Provocaba un entorno gélido y seco. Dolía... pero no en el cuerpo.

 

 

sábado, 28 de febrero de 2026

"Un dios inclemente" de Steven Erikson

 «La constante más inamovible, muchacho, es la estupidez. No hay nada que se le acerque siguiera. La estupidez mata a todos los animales, vacía el cielo de pájaros, envenena los ríos, quema los bosques, libra las guerras, aviva las mentiras, inventa y reinventa el mundo de formas que solo a los idiotas podrían parecerles reales. La estupidez, muchacho, derrotará todo lo bueno, aplastará todos los sueños, hará caer todos los imperios. Porque, a la postre, hay más personas estúpidas que sagaces; de lo contrario no sufriríamos una y otra vez, generación tras generación y así hasta siempre».