[...] ya tenían otros planes. Mediante falsas promesas se alzaban, socavando las mentes más débiles, quienes eran incapaces de ver que estaban pervirtiendo el nombre de lo comunal, usándolo en vano.
Lo usaban en las disputas... como una burla. Lo usaban en las liturgias... como una maldición. Lo usaban en [...]
Fragmentos de las crónicas de las corporaciones metalúrgicas de Alterac.
Historiadora real Maeve Godwin, año 27 antes del Portal Oscuro.
Una vez más. Esperando.
Tumbada boca arriba, viendo las gaviotas pasar por encima del
ejército que parte a las Islas Abruptas desde el puerto de
Ventormenta. Echando una
mirada alrededor veo miedo en
las caras de los nuevos
reclutas; noto sus nervios en las risas forzadas y las bromas que les
sirven para alejar de sus mentes lo que saben que les espera. A buena
parte de ellos, la muerte. No puedo aliviar sus preocupaciones con
ánimos en los que no creo. No lo intentaré. Cada
cual lo
lleva
como puede
y, por las horriblemente feas calvas de los orcos viles ―a
quienes, por cierto, ninguno de estos novatos ha tenido que
enfrentarse―,
que no lo estropeen todo cuando la situación se ponga fea de verdad,
que aguanten en sus puestos y no nos pongan en peligro (más, si
cabe) al resto. Pero, en fin. Esta vida que
llevamos es así y la
incertidumbre sobre nuestra integridad es omnipresente.
≪Al
final de la campaña de Pandaria también estuvimos en la misma situación en
la que están
ahora ellos. Llevada
lejos de casa a acabar con el depuesto
jefe de guerra de la Horda. Allí, tú, el único a
quien ahora mismo conozco de por aquí y yo, tuvimos nuestra
primera prueba de fuego.
Creo que ambos estábamos bastante asustados, aunque supiéramos que no
nos iba a tocar ir en
vanguardia. Con todo, y
gracias a nuestros
talentos, cumplimos con nuestras misiones, tan importantes para el
desarrollo de los acontecimientos como las que se llevaban
en la primera línea
de las batallas más
decisivas≫.
≪Y
esta situación en la que estamos ahora me recuerda a lo que ocurrió
después de
acabar
aquella
campaña, justo al iniciar
la siguiente, en la que
que tomamos parte desde el
principio y de pleno. Esa
vez ya sí en primera
línea.
Ahora estamos,
como entonces en aquel inicio estuve,
esperando tumbada a que nos pongan en movimiento.
De aquellas
eran esos espantosos
roc de las Tierras
Devastadas
los que nos sobrevolaban acechantes,
mientras esperábamos a que los capitanes nos fuera dando la orden de
ponernos en marcha a través de ese nuevo Portal Oscuro. Hacia ese
Draenor anacrónico que prometía ser un destino estremecedor.
En aquella ocasión,
al igual que
en esta, tú dormías. Madre mía, la capacidad que tiene este hombre para
dormir en cualquier sitio y momento. Je≫.
≪Le plantamos a la Horda de Hierro, tú y yo, ¿eh?. Cuando se trata de plantarse ante el
enemigo con un escudo enorme y un espadón, embutido el cuerpo entero
en metal, no hay quien te haga retroceder. Como
si tuvieses los pies enterrados, no cedes terreno.
Y mis descargas de caos
canalizadas por encima de tus hombros hacen el resto
del trabajo, mientras nuestros sanadores, los pobres al borde del infarto, nos van levantando la vida de manera frenética.
Vaya dos patas para un
banco. Ambos somos un poco
las ovejas negras de nuestra familia. A
saber qué fuerza del
destino nos unió en las tabernas del Distrito
de los Enanos,
donde congeniamos nada más
conocernos. Allí hacíamos
competiciones de aguante
a cerveza Cebatruenos y salchichas
de uñagrieta. Tú,
miembro de una familia emparentada con la más alta nobleza de
Lordaeron, de la que no querías saber nada. Cómo nos divertíamos
provocando a tus primos, qué fácil nos resultaba. Aquellos
primos paladines tuyos,
de quienes
se podía decir
que andaban con un palo metido por el culo: nobles, estrictos,
estirados... seguro que se hubieran
llevado
de maravilla con mi madre... Ah, mi madre...Mi sagrada (¡ja!)
madre...≫
 |
|
Por
dentro, tan profundo
en el interior
|
De
niña, con
quien me
llevaba mejor era
con
mi
tío
abuelo. Él
era un
renombrado sacerdote disciplina, héroe de la pasada
guerra
contra la Cruzada Ardiente en
Terrallende. Yo era jovencísima, prácticamente
una niña; una prometedora estudiante de Sagrado en la Catedral de la
Luz de la capital.
Su
debilidad. Me
tenía en un pedestal. Él,
un famoso
héroe que había vuelto victorioso del
planeta destruido, nada menos, contaba maravillas de mí a sus
conocidos.
Enseguida
llegó su partida a Rasganorte. Como
todo el mundo aquí en el reino de Ventormenta, tenía razones
personales
además
de sus obligaciones como sacerdote de la Alianza. Aun siendo él de
Villanorte, estaba muy unido a sus hermanos.
Y
la
granja familiar, durante la juventud de mis padres, quedó bastante
mermada por la Plaga, y en el cementerio del Cerro del Cuervo
descansan algunos
de mis
dos generaciones precedentes,
a quienes ésta envió allí.
Mi
madre, por oto lado, era una mujer valiente,
fuerte
y habilidosa que había mostrado su coraje
defendiendo
la granja así
como las tierras
comunales formando parte de las patrullas nocturnas de Villa Oscura.
Por
tanto, cuando
decidió partir al continente helado siguiendo la senda de su tío, a
nadie le extrañó demasiado.
Mi
padre, un hombre más voluntarioso y bondadoso que hecho
para la violencia,
no supo aceptarlo bien, y, aunque ello
no significó que se volviera
negligente ni con sus obligaciones hacia la granja ni hacia su
familia, la
alegría que siempre había estado presente en su interior se
desvaneció.
A
continuación de la derrota de
Arthas en Corona de Hielo vino el Cataclismo a
nuestro mundo
y mi tío abuelo, de
nuevo y como siempre,
se puso manos a la obra para combatir esta nueva amenaza. Con una
diferencia notable. Para
comenzar, el inicio de su cambio se había producido combatiendo a la
Plaga del Rey Exánime junto a su hermandad en la Alianza. El
que antaño fuera un disciplinado
miembro e la rama más rigurosa del sacerdocio, había cambiado sus
prioridades para poder servir mejor a la Alianza, con lo que en
Rasganorte había combatido
al Azote como
sacerdote sagrado, sanando en grupo a los escuadrones que se
internaban en esas fortalezas de pesadilla donde los más poderosos
líderes del
ejército no-muerto se acuartelaban junto con sus tropas de élite.
Sin descuidar
el
seguir combatiendo a nuestra
siempre rival
Horda, asimismo como sanador sagrado
de batalla.
Personalmente,
opino
que los horrores que vio allí y los cambios políticos y las
corruptelas dentro de las hermandades a las que tanto había
sacrificado, perversiones
de
las que fue testigo impotente, oscurecieron su alma. A Alamuerte, el
causante del Cataclismo,
ya lo combatió en la rama de las Sombras, de donde no regresaría
jamás
a la Luz.
El Cataclismo que cambió la apariencia del mundo que él tanto había
amado y por el que tanto había luchado, creo yo, también sucedió
dentro de él.
La
Madre Oscuridad desciende y la Sombra me tiende la mano... para
llevarme a una Tierra Crepuscular.
Ahora
no.
Mientras
tanto, de
mi madre, sin
embargo
no supimos hasta varios años después de la derrota del Rey Exánime.
Resulta que no sólo era, en sí misma, un portento
capaz de pasar horas enfrentando
peligros espeluznantes a base de mazazos
y golpes de escudo, como
había demostrado en las patrullas nocturnas.
No se
contentaba
con eso. La
virtuosa de ella.
Durante
unos días libres que tuve, ayudando en casa, cierto día,
habiendo
cruzado
el río al Norte, hacia el bosque de Elwynn, llegábamos ya a
Villadorada a llevar unos aperos de labranza a arreglar, cuando
pasó
por la carretera que parte desde
la capital una columna de soldados destacados vistiendo las
llamativas
armaduras brillantes y luciendo
los dorados y azules tabardos de Ventormenta. La gente de campo nos
apartamos a las cunetas para dejarlos pasar, respetuosos
y cautivados
por su imponente presencia.
Cerrando la columna iban cuatro grandiosos
paladines portando los conjuntos de armaduras mágicas más poderosos
de su tiempo. Su presencia causaba admiración y reverencia al mismo
tiempo, pues todo el mundo allí sabíamos que la amenaza de la Plaga
no se había extendido a nuestras tierras hasta exterminarnos gracias
a que aquella misma
gente la había ido a combatir a su propio dominio,
donde había derrotado a sus más
altos comandantes,
incluido, finalmente,
el
propio rey.
En
ese día
fue cuando la chispa apagada de mi padre volvió a lucir de nuevo.
Cuando uno de los paladines detuvo su caballo a nuestro lado y se
quitó el bellamente
ornamentado
casco para desvelar
que el
rostro que bajo él se ocultaba era el de
ella, mi
madre.
¡Guau!
Sí,
al parecer, como supimos más tarde, desde el principio de
la guerra contra el rey muerto viviente,
los paladines jefe de escuadrones se fijaron en ella. Resulta que
doña estupenda
también tenía, además
de su fortaleza,
un talento innato para llamar a la Luz a su voluntad. Y, parece
ser que,
en una ocasión en que su escuadra de simples espadas se vio superada
y rodeada por el enemigo tras haberse adelantado demasiado
temerariamente en las
filas contrarias,
cuando estaban siendo severamente
castigados y,
habiendo
dado
todo por perdido, ella sola sacó con vida a una
buena parte de ellos de semejante desesperanza.
Sobreponiéndose
a la situación,
se
las arregló para
reagrupar
a los que quedaban y organizó la retirada a las posiciones aliadas,
yendo
al frente de la formación. Lo que cuentan
que vieron
nuestros
comandantes
desde sus puestos
de mando elevados
no fueron simples bloqueos
y mazazos
para abrirse paso.
Había algo en ella que parecía quemar a las abominaciones que se
les
interponían. Era la Luz. Mi madre era una paladina
innata.
Pues
bien, en aquél día en el camino de Villadorada, el fijarse
en el tabardo concreto
que ella portaba y, sobre todo, ver la seriedad de su rostro, fue lo
que consumió, esta vez de forma definitiva, la ultima llama
de alegría que brevemente se había reavivado en mi padre. Ella era
una paladina de la Cruzada Argenta y, por
lo tanto,
aun después de esos
años
en que no habíamos
sabido
ni
siquiera si
estaba
viva, había tomado un camino que no la traería a nuestro lado.
Bendita sea la Luz Sagrada, sí.
Mi madre estaba viva, de
acuerdo,
pero ya no para nosotros, como
quien dice.
¿Os
pensáis que no nos
damos cuenta?
Haciéndoos los listos, sin ser inteligentes. Creáis problemas a más
velocidad de a la
que se pueden
resolver, y luego pedís calma y
sensatez en nombre
de lo
útil. Valientes
pal...
Hreeethgir,
no pienses así de la geeente, no merece la peeena.
Supongo
que yo misma, también,
acepté a su vez ciertas realidades a las que había estado dando la
espalda, por lo cual andaba melancólica por la abadía de Villanorte
y los enormes salones abovedados de la catedral de
Ventormenta.
Por
ejemplo: en la catedral, bajando por pasadizos que llevaban a varios
niveles inferiores, había oscuras
cámaras
en cuyos muros reposaban
instrumentos que, en mi opinión, no justificaban el fin al que
servían. Cuando
me mandaban allí abajo a por alguna vitela inscrita, al
principio, no les hacía mucho caso; no me planteaba demasiado la
razón de
su presencia. Me
parecían una parte más del inmobiliario, junto a las mesas de
lectura y las estanterías de manuscritos.
Pero según fui tomando conciencia de
lo que eran,
no fui
pudiendo
aceptar que esos horribles artilugios fabricados con el único fin de
infligir un dolor insoportable estuvieran
al servicio de la Luz. Por mucho que allí se hubiera atormentado a
aberraciones demoníacas, no-muertas, o abyectos orcos asesinos de
innumerables
inocentes,
provenientes del maldito Portal Oscuro para conquistar nuestro mundo
a sangre y fuego.
Aunque,
a
ser sincera, no se me diera
nada
mal manejar una maza y memorizar los rezos de fuego sagrado con que
imbuirla de luminoso
poder,
todo
aquello, al
fin y al cabo,
no acababa de convencerme. No me veía a mí misma sentenciando a mis
enemigos en nombre de la Luz. Por
otra parte, la
rectitud y el virtuosismo de mi madre ya no me inspiraban,
decepcionada
como estaba.
El momento en que vi, reflejándose
en la expresión de mi padre, cómo la alegría volvía a su
vida, para que enseguida, la compresión de las consecuencias le
rompiese el corazón para siempre, fue
un golpe definitivo a mi confianza en el sistema académico por
niveles de entrenamiento y especialización.
Así
que abandoné mis estudios.
A
mi padre lo
disgusté muchísimo.
Otra decepción más que
echarse a
sus
espaldas.
En todo caso, tuvo
la inteligencia de tratarme
como a
una
adulta y,
en consecuencia, yo empecé a comportarme como tal.
Y, una vez se le pasó lo peor del disgusto, sin reproches ni riñas
me ofreció la salida de la granja. Siempre había ayudado en ella,
incluso durante mis estudios, claro está. No somos miembros de la
nobleza de Alterac,
a ver.
Ahora
que lo pienso y,
por cierto,
puede
haber
influido en que no sea muy fanática
a la causa de Ventormenta ni de la Alianza, si a eso vamos. Bueno, la
verdad es que a
pesar de eso mismo,
antes de ponerme a trabajar a tiempo completo, aproveché para
cumplir con mis obligaciones con el reino. Este mundo siempre está
en guerra y a los jóvenes en edad de finalizar la adolescencia con
capacidad para defender la tierra propia
se les exige ponerla en práctica, aprender de la experiencia y
aumentar las capacidades. Con una toga de lino, lana y vestimentas
del nivel,
pobremente imbuidas
de magia y empuñando
un
rudimentario
bastón o varita ligeramente encantados,
nos daban
la misión de enfrentarnos
a bandas de bandidos, gnolls
y orcos lo suficientemente poco organizados como para no suponer un
problema del que se tuvieran que ocupar los soldados profesionales.
En aquél entonces los cultos crepusculares
y el
corrompido Vuelo Negro y
estaban amenazando nuestros continentes, pero a mí no me tocó
combatir estas
amenazas,
sino más bien poner orden en los problemas internos más de menor
dificultad, e
ir así obteniendo experiencia y reputación.
Las
tareas más importantes se reservaban a las personas de máximo
nivel, como lo era mi tío abuelo. La
oscuridad que anidaba en su
interior
y nuestro consecuente distanciamiento acabó por enfriar mucho
nuestra relación. Él ya nunca volvió
a ser
el mismo y opino
que la voluntad
de luchar
ya no arde en él
como antaño, como
en
sus días de
heroísmo
y gran aventura.
Después
de haber pensado y comprendido estas circunstancias de su vida,
ahora que yo
he
madurado como
para analizarlas,
no tengo nada que reprochar al hecho de que viva alejado de las
grandes gestas, e incluso que no supiera digerir su decepción
conmigo como tan
bien hizo
mi padre.
Me
conocías lo suficientemente bien como para saber de sobra que no me
asustaba el encargo, ni por dificultad, ni por responsabilidad, ni
por trabajo. Para nada. Si me negaba era porque sabía que me iba a
ver envuelta en un feo conflicto que justo en ese momento no tenía energías para
manejar. Me metiste en ese lío porque a ti te venía de maravilla y
decidiste ignorar conscientemente mis objeciones. Y ahora que se ha
cumplido lo que predije, exactamente como lo predije; Ahora que se
han materializado mis temores, ¡Qué?
Ouuf...
Una
vez finalizado el periodo de aprendizaje básico en el arte de la
guerra, a mi regreso, pasé unos pocos
años más dedicándome a las duras e ingratas labores de la granja
familiar, como había
acordado
con mi padre. Incluso así, en esta labor, destacaron
mis
capacidades
para
responsabilizarme de las tareas y mi habilidad
heurística,
con lo que conseguí que la economía
en casa mantuviese cierta estabilidad gracias al comercio
de nuestro excedente bien
gestionado,
y pronto todo el mundo allí, en
la granja,
se volvía hacia mí de
manera espontánea cuando
había que pensar en cómo superar cualquier dificultad.
Sin
embargo, el trabajo era muy duro y el tiempo pasaba y,
una
jornada
especialmente complicada,
después de haber pasado un montón de campanadas sacando piedras de
un campo embarrado y habiendo estado repeliendo a los molestos
animales salvajes que bajan de las colinas salvajes a hacernos la
vida más difícil si cabe, me senté en un vallado a descansar un
momento y... me
desmoroné. Moralmente hablando. Me vi mí misma de vieja, con las
manos encrespadas y cerradas como garras para siempre a fuerza de la
tensión de unos tendones rígidos. Con la espalda encorvada a fuerza
de arquearla y de agacharme para arrancar los muchas veces esquivos
frutos de esa misma tierra pedregosa y encharcada. Y, lo peor de
todo, con
mi
orgullo domado. La mirada de los demás, juzgando, siempre juzgando:
—Mírala,
la sobrina nieta del gran sacerdote, la hija de la poderosa cruzada.
La prometedora estudiante en la Catedral
de la Luz, nada menos. Todo ese talento y potencial utilizado para
arrancar raíces de esta tierra lluviosa y de cielos grises. Claro
que es lista, la chica, evidentemente, y con qué eficacia las
arranca, ¿eh? ¡Ja!
¿O
era mi insidiosa voz interna, herencia de los perfeccionistas y
estrictos caracteres familiares quien me juzgaba?
En
cual aquella
situación de angustia,
casi al borde del llanto, abrumada por la frustración y la falta de
perspectivas, estando
con la cabeza sostenida por ambas manos cubriéndome la cara, me dije
a mí misma:
—Hrethgir,
tía. Eres un coquito, y lo sabes. Tienes un don natural para el
estudio de la hechicería. Se te da bien usar la cabeza. No
desperdicies más tu capacidad aquí, entre montañas de estiércol y
¡Vuelve a retomar
el
camino que dejaste atrás interrumpido!
Pues
eso hice. Lo
que pasa es
que ya no era tan fácil como de
chavalita, porque
ahora mi familia me necesitaba para subsistir, así
que decidí estudiar magia mientras a
la vez trabajaba
a tiempo parcial en el Distrito
de Mercaderes.
Podría
pagarme los estudios y seguiría mandando ingresos a casa, donde con
algo de esfuerzo y el oro que mandaría, sustituirme no iba a ser tan
problemático.
Ya
me había hecho el cuento de la lechera en cuanto entré a las
primeras clases. Un día futuro
llevaría
a mis padres a ver mi despacho de integrante
del Kirin Tor en una alta torre de Dalaran. Qué orgullosos iban a
estar de su a hija pródiga, miembro
de la una de las más prestigiosas órdenes mágicas….
Pero
las cosas no podían ser fáciles, no.
Todo
el esfuerzo que hice, con el trabajo que me cuesta siempre...
sincerarme... abrirme... para contarte lo que me pasaba, y... no pude
hacerme entender.
No mostraste ni un
poco de comprensión y... me sentí tan... expuesta... Cómo me
arrepiento de haberte confiado mi intimidad, de haberme puesto a mí
misma en esa situación... y hacerme
ahora sentir tan indefensa.
Venga,
no pasa nada.
El
instructor arcano de magos era el hijo de los vecinos de mis padres,
con lo que me conocía, y eso me animó bastante. Sin embargo, los
compañeros, por
un lado,
y, por
otro,
la materia en sí...
Los
compañeros no congeniaron conmigo. No
yo tampoco con ellos.
Yo
era
joven, pero no tanto como el resto
y a esa edad unos pocos años de
diferencia distancian
mucho.
En
general eran
unos empollones y a
pesar de que yo
tenía capacidad de sobra para estar a la
altura, me
sentía fuera de lugar en medio de engreídos que pensaban que todo
el daño infligido al enemigo por nuestras fuerzas salía casi en
exclusiva de sus hechizos. Y luego, que yo pensaba erróneamente
que
la magia ofensiva, cualquiera
que fuera la rama
escogida,
iba a proporcionarme el medio de desarrollarme profesionalmente. Sin
embargo, la magia de escarcha, de fuego o arcana, que allí se
aprendían.
no acababan
de casar conmigo. Vi que se trataba de memorizar demasiadas
páginas y más páginas de hechizos de todo tipo, y mis obligaciones
en
la tienda de armaduras de
tela onde trabajaba, que no podía desatender,
no iban a permitírmelo.
De
nuevo, y supongo que usando como excusa para
mí misma
que en la vida
en
tienda no estaba nada mal y el trabajo en sí no era nada duro
comparado con el de cultivar la tierra, decidí abandonar la escuela
de magos, a las pocas
semanas escasas
de haber comenzado, y dedicarme en
exclusiva a
la sastrería en la tienda.
Jamás
en la vida sabré qué hubiera sido de mí si una eventualidad
fortuita no hubiese evitado que llevase a cabo este plan. Porque,
para mi enorme suerte, el día que fui a borrarme al Distrito
de Magos,
en el
mostrador
donde ya estaban tomando nota de mi renuncia, se cruzó un ángel e
la guarda en mi vida, en forma de directora de la escuela de brujos.
Ésta, se dirigió a quien ya archivaba mi cortísimo expediente
escolar requiriéndole,
de manera correcta y benevolente, que casos como el mío no se podían
dejar escapar sin más. Me invitó a su acompañarla
escaleras abajo
en la trasera del Cordero Degollado, hasta
un despacho donde charlamos un poco y
donde me invitó a que no abandonara, sino que probara otra opción.
Quizá... la
brujería. Acepté. Le hice caso. Bendito caso.
Cualquier
cosa diferente a
haber tenido la enorme suerte de alcanzar lo que, por encima de todo
lo demás, tanto anhelaba, se me hubiera hecho tristísimo. Yo estaba
completamente segura de que conseguirlo era imposible, y, a pesar de
todo, resultó tal cual. Tristísimo.
Por
favor, no..
De
esta experiencia sí que guardo
buenos recuerdos de mis compañeros de clase, mira.
Aunque al principio me vieron como yo veía a los magos, una
empollona rarita, además de mayor que ellos, enseguida les caí
bien, nada más conocerme. "¿Empollona yo?, sí; ¿cuándo, si
puede saberse?,
si salgo de aquí y me voy directa al taller de sastrería a
confeccionar togas para el mogollón de hechiceros que vienen a
comprar, que ni festivos tengo". Lo de rarita se la quitaban de
la cabeza en cuanto hablábamos de nuestras cosas... ¡Con lo fácil
que he hecho amigos yo siempre!
Por
otro lado, después
de unos breves e intensos años de formación, que se hicieron
bastante cuesta arriba debido a que era una adulta de pleno derecho
al tener que ganarme el pan por mis propios medios a la vez que
estudiaba, salí de la formación, muchas veces practicada
en plenas misiones de lucha, como una bruja por
derecho propio.
Ese
nivel máximo lo obtuve con esfuerzo debido a mis circunstancias
personales, pero fue
también
gracias a mi intelecto, memoria y celeridad mental que
finalicé
la primera de clase y enseguida me aceptaron en una hermandad que
mandaba a sus miembros a Pandaria, donde comenzó mi vida de
pleno al
servicio de la Alianza. Después vino Draenor y mi veteranía...
 |
Si
estás leyendo este relato Puede
que pienses que la redacción está mal Pero
no lo está La pensó
así
|
≪Y...
se acabó el paseo por mis recuerdos. Aquí viene la capitana Flechaniebla, directa hacia nosotros, lo que significa que nos movemos.
Si no fuera porque los elfos de la noche me inspiran... ese respeto y cierta
inquietud, con esa fría mirada luminiscente con la que parecen
atravesarte desde su altura, le diría un par de palabras, a la listilla ésta. Listilla y, encima, maga. Bueno por elfa nocturna y porque es mi capitana y, aunque nos meta
siempre en las tareas más duras y difíciles, que, ya que somos un
cuerpo de élite, para eso estamos, nos mantiene con
vida y hace que nos den
buenos alojamientos. Vale, y buena comida y que nos paguen bien y a tiempo. Y
porque su rango superior no me deja. Por eso
también≫.
Mi
respuesta emocional me pilló tan desprevenida… Si
pudiera apoyarme en tu fuerza, inspirarme en ella... No sé...
¿Alguna vez
también tú te
sentiste sola y perdida? ¿Y
qué hiciste?
Oooh.
≪¿Recuerdas aquel día, en una
lucha en grupo?; Una cazadora enana comentó, en su idioma, que le parecía una bonita curiosidad el
hecho de
que los dos amigos, tú y yo, tuviéramos nombres nórdicos. Tú, que no tienes buen talante cuando crees que están
cuestionando tu modo de
tanquear y que, por otro lado, la de los idiomas soy yo, me preguntaste a ver qué decía, ya con la mosca detrás den la oreja.
Cuando te lo aclaré te pusiste contento. No lo reconoces abiertamente, pero ser de procedencia del norte de los Reinos del
Este te enorgullece, Hanselm. A ver si ese mosqueo
fácil que tienes lo sacas con la capitana y me divierto un poco con la situación. Dejaré que te despierte ella, a ver si hay suerte y me río un rato después, a
solas, claro...≫
Al
final
aquí estoy, junto al compañero con el que formo un dúo letal. Sin
mayores
pretensiones, pese a que es evidente que los gerifaltes nos tratan
con deferencia, incluso hasta el nivel de llamarnos por nuestro
nombre propio o, peor, llamarnos cosas como "adalid”, que es algo que detesto.
Camino a la guerra donde parece que según se rumorea, incluso el
mismísimo titán caído, ¡por la delantera de a diosa Elune!, está apostando fuerte. Va a estar difícil y no
sé si saldremos bien parados. De ser así surgirá una nueva
historia que tendré que contar en otro momento.