¿Y si la hay un mal funcionamiento de la evolución aquí?
¿Y si no debemos sentir lo que sentimos?
O, al menos, tal y como lo sentimos.
Cuando los pensamientos tienen su propia energía cinética y ejercen presión contra la barrera del mutismo a veces encuentran una salida.
Como si armónicos esféricos, hechos de densa materia eléctricamente cargada, golpeasen la cara interna de nuestro cráneo hasta encontrar una salida por el foramen magnum. Como todo el mundo sabe, el equilibrio ha de ser estadísticamente alcanzado y, por tanto, la presión disminuir al encontrar la salida donde no se golpea, sino por donde se atraviesa al escape. Por el túnel por donde normalmente van esos impulsos, esta vez no se habrá de tomar el desvío que modula todo el aparato fonador, sino que se seguirá más adelante, allí donde las extremidades se convierten en precisos dedos capaces de pulsar un teclado.
Y, de este modo, hoy dejo escapar, liberados, mis pensamientos.
Entre lo cotidiano y lo sublime.
Sobre una sublime superficie curva ideal, desprovista por tanto de imperfecciones, miro a unos cuantos cientos de pasos de distancia y veo alejarse uno de mis más profundos anhelos. Ella no está rapada esta vez; podría agarrarla del pelo según se aleja... si solo estuviera a mi alcance, claro. Su coleta me dice adiós con ese movimiento de despedida que se contonea de lado a lado, cada vez más lejos e indistinguible. Cuando la pude detener, de frente, no lo hice. La dejé pasar de largo. De eso hace ya mucho; toda una vida.
»No voy por la vida agarrando del pelo a las personas que pasan de largo cuando me arrepiento de no haberlas contenido cuando las tenía de frente. A ver. Tampoco es que las vaya deteniendo con la mano de frente cuando estoy a tiempo.
Yo no me inventé el metafórico refrán. Es como me imagino esa alegoría y, por tanto, la interpreto. No lo he investigado, ni quiero. Si resulta que al final nos la figuramos calva por otra cosa...«
El caso es que yo no estaría pendiente de ella si no fuera porque esta otra persona que viene a mi lado me estuviese llamando la atención sobre aquélla.
No me fijo demasiado en cómo va vestida la gente. Así, en general. No es despiste; es desinterés. Puedo estar contigo a solas dos horas y si, sin avisar me hacen girar la mirada y decir cómo vas, quizá tengo problemas para decir si es pantalón vaquero y blusa o chándal y camiseta.
Como quiera que sea, sé perfectamente que quien a mi lado viene ahora alertándome siempre va vestida de verde.
Últimamente no la escucho demasiado tampoco, pero se resiste a dejar de acompañarme del todo. Pero, eso. Que ya no le hago tanto caso.
Y, sin embargo, ya que el tiempo y la propia historia vivida me ha alejado un poco de ambas, tengo a ese último acompañante que completa el trío que se autocomplementa y retroalimenta. A éste sí que no puedo ignorarlo. No se va ni aunque me enfade con todo.
Como si la ficción fuese una certeza.
Como si...
Dejados atrás los remordimientos por no aprovechar para para a la Oportunidad, que se va, y habiéndole pedido a la Esperanza que no se me siga ofreciendo, ¿podría, por el amor de Crom, desaparecer el Deseo?
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Es mediados de 1995 y tengo dieciocho recién cumplidos o estoy por cumplirlos. Sosteniendo a mi sobrina en brazos, un precioso bebé de pocos meses que ríe, yo también sonriente miro a la cámara que sujeta su madre, mi hermana, en la sala de la casa de mi madre, donde todavía vivo.
Es mediados de 2026 y tecleo este relato en el balcón de mi casa, sentado a una pequeña mesa sobre la que está el viejo portátil recién recuperado al que esta pasada semana he instalado un, en mi opinión sobresaliente, Linux Mint XFCE.
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| loncha-rebanada espacio-temporal |
Es cierto, dicen, que no hay un ahora universal, ni que la simultaneidad es algo tan definido como nos es intuitivo concebir. No obstante, y sin querer violar ninguna ley clásica, los impulsos eléctricos intracraneales reconfiguran el tejido neuronal para fantasear sobre cómo poner todas esas infinitas instantáneas infinitesimales de mi vida en fila, formando una barra, un prisma ortoédrico recto, de treinta y un años de largo. A su lado, en paralelo, la recorro a lo largo a _toda_ velocidad y veo cómo, por efecto de las transformaciones de la dilatación espacio-temporal, las instantáneas se van girando y estirando progresivamente hasta que sé que en algún lugar de este mismo universo mi hermana nos está sacando esa foto ahora mismo. Ja.
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Hoy pensaba en si, de haber Aníbal entrado en Roma, habrían existido el cristianismo y el islam. Mucha miga ahí para imaginar ucronías. Sea como fuere, todo hubiera sido muy diferente y mi querido Asdrúbal, cuyo nombre recuerda al padre del famoso general cartaginés, no hubiera sido Ateo Digital. De todas maneras, y como digo a veces, «el hubiera no existe». Te echaré muchísimo de menos, Asdrúbal.
Hipotético lector/a: gracias por leer este texto escrito por un humano. Si vives en una noche sin futuro, cuenta quiénes fuimos.

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