Me gusta la gramática. ¿Pero, a quién se le ocurre? Quizá me atrae porque es como los engranajes de los lenguajes. Y porque encuentro similitudes y engranajes que valen para un idioma y otro. Que, dicho sea de paso, me gustan los idiomas. Sus sintaxis, sus peculiaridades, sus sonidos. Sus normas caprichosas.
El curso 24-25 estuve estudiando intensamente euskara. Una de las cosas que leí sobre las peculiaridades de este idioma, en casi inevitable comparación con el castellano, es algo más rígido y compacto, poco dado a la paráfrasis. Mientras que con toda naturalidad en castellano decimos que, por ejemplo, vamos a hacer la revisión de los cambios que vayamos viendo que tenemos que ir haciendo... el euskara ya está de vuelta una vez ha sentenciado que revisemos los cambios.
Hay personas nacionalistas en este mundo. Qué le vamos a hacer. Más de una vez he oído decir a alguno que el español es un idioma muy culto por su riqueza. Ese alguno era un cafre nacionalista. O un sinvergüenza que no es nacionalista, pero usa esa ideología para sacar tajada. Que es lo que hay.
Cierto día, investigando por estas peculiaridades diferenciales, leí que la característica del castellano para dar tanta vuelta retórica no es sino su procedencia del latín, lengua que fue vehículo y herramienta para gobernar un imperio durante siglos en la antigüedad. De donde nació la necesidad de legislar, documentar, debatir en senados y cosas por el estilo. No sé si leí eso exactamente o es la interpretación que hice yo.
Sea como sea, decir que es más rico y culto es una falsedad. Es peculiar. Como todos y cada uno de los demás idiomas. Que sirven perfectamente para lo que sirve una lengua.
Hace años asistí a una conferencia donde Itziar Laka hablaba de las palabras invisibles, que hilaba con el Jabberwocky de Lewis Carrol. Me acuerdo a veces de ella cuando, en mi labor de secretario, tengo que escribir acuerdos en actas y, en su redacción, tengo que incluir demasiadas palabras. De las que nunca se usan en el día a día. Y me da rabia.
Había por ahí alguien que decía que la revolución se hace en el BOE. En cierto sentido análogo, yo pienso que, también, una poca de la revolución se hace en las actas que escribo. Y también pienso que el lenguaje jurídico es un medio de opresión que utiliza el aparato estatal para mantener a las personas con las manos bien lejos del poder.
Lenguaje jurídico que tratamos de imitar en los acuerdos que redacto en las actas. Quizá por complejo de inferioridad. Quizá por que queremos parecernos a esas personas que parece que saben hacer cosas de estas de acuerdos y textos legales.
Y, no se lo niego; saber, saben. Pero lo que saben no es algo más elevado que programar máquinas en lenguaje Heidenhain. Aprenden un lenguaje técnico específico de su profesión al que se habitúan y que, por fuerza del uso y la costumbre, manejan con soltura, cosa que los demás, pues no. Pero como quien en su labor de calderería se acostumbra a hablar en radianes, vamos.
El caso es que los textos legales recogen el funcionar de la vida de las personas. Aquello que les influye. Hacer esos textos enrevesados e ininteligibles es, en síntesis, alejar a las personas de la toma de decisiones que afectan a sus vidas. Una guarrada.
Una vez fui a ver una conferencia organizada por la Asociación Republicana Nicolás Guerendiain, donde Carlos Hernández de Miguel presentaba su libro "Los campos de concentración de Franco. Sometimiento, torturas y muerte tras las alambradas". Por ahí, en la listad de Mentes en contacto de la derecha andará, leído en su día. Por cierto, recuerdo que tuve que interrumpir su lectura para retomarla más adelante en una época de mi vida en que no podía abrazar tanto sufrimiento ajeno... tenía bastante con el propio. En fin. Ese día, Carlos Hernández, además de dedicarme firmado su libro, plantó la semilla de una idea en mi mente. La de la manía que tenemos de asumir como propio el lenguaje de la opresión. Él daba el típico ejemplo de la persona a la que los falangistas habían asesinado y de la que se decía: «si ni siquiera estaba metido en política ni nada». Que es que pareciera que estar sindicado te hiciese merecedor de un disparo en la cabeza, o al menos entonces existiese una cierta justificación o lógica para haberte pegado el tiro.
Eso mismo nos enseñaba también el clamor de las chilenas que cantaban «Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía».
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| Ragnar me trajo de Japón una máquina de escribir a mano y saqué esta foto para enseñarle que pintaba. De un momento en que, como escribo en las actas, «actuaba como secretario». |
»Este mismo texto, que estaba escribiendo tan tranquilamente sentado en el balcón de mi casa, fue interrumpido por el oligofrénico que vive a dos manzanas de aquí y muchos fines de semana tiene que, ya que su mente es tan poco capacitada, demostrarnos al menos la capacidad del equipo de sonido de su sala de estar, incluido el hecho de que no le da el parné para cuenta premium, o no le da la habilidad para instalarse un bloqueador de anuncios, y así nos hace escuchar a los de Línea Directa entre canción y canción. Al mismo tiempo, cuatro chavales en la plaza de abajo se divertían tratando de hacer estallar una botella de Coca-Cola, demostrándose mutuamente lo poco que les importa nada, cosas de la edad. Los padres de uno de ellos, en vez de procurarle educación, posiblemente tan incapaces como el anteriormente citado, en su lugar le habían procurado un cilindro de unos 20 cm de diámetro y unos 60 de altura, en modo de altavoz Bluetooth a través del que, para su poca vergüenza y entre canción y repugnante canción a volumen puesto para todo el barrio, sonaban sus notificaciones al móvil«.
Hay un refrán que dice que «en el país de los ciegos, el tuerto es el rey», que declaro desfasado. En este «infierno de lo igual» (que diría el filósofo coreano) que hoy día vivimos, el rey es ciego también. No vayan a ofenderse los ciegos por la capacidad de ver del tuerto, ay parfavar.
El Salieri de Milos Forman absolvía, al final de esa obra maestra del cine que es Amadeus, a los mediocres del mundo. Yo todavía no he llegado a ese estado de paz mental.
Querido Antonio: en mis años como secretario he cruzado correos profesionales con decenas de personas, la mayoría de ellas con estudios superiores, y creo que sólo en una ocasión he visto bien utilizada la coma vocativa.
Querido Antonio: yo que recuerdo cómo la excelente profesora de Lengua que tuve en 3.º de BUP nos dijo, a principio de curso y como modo de presentación, que la primera haría como que no la había visto, pero que a la segunda falta de ortografía dejaba de corregir el examen. ¡Y el hecho de ser Lengua no la convertía en la única asignatura donde se nos aplicaba el mismo criterio! Y pues, ya ves, nos las apañábamos para estar a la altura de las exigencias, a nuestros dieciséis años. Yo que estudié ocho años más tarde y pude comparar cómo salían los alumnos del bachiller (se les suponía el mismo nivel que cuando yo acabé el COU) casi leyendo con el dedo y a sílabas. Y, madre del amor calculoso, con atragantamiento generalizado de fracciones matemática. Bachilleres técnicos a los que se les hacía bola fundamentos matemáticos de la primaria, ahí es nada.
Querido Antonio: a mí, en estas décadas, que he sido un currela siempre, me han mandado demasiadas personas que todavía tienen que llegar a mediocres.
Jesús Quintero dijo una vez que el dominio del mundo actual por la estupidez es, paradójicamente, el hecho que facilita que por eso mismo esa mayoría estúpida sea dominada. Y no puedo estar más de acuerdo con esa reflexión suya.
El buen uso del lenguaje. El reconocimiento del talento y la búsqueda de la excelencia. ¿Dónde quedan? ¿Nos plegamos a los impostores? Los leí. A muchos de ellos. Filósofos varios, pero sobre todo los románticos y los constructivistas sociales. Neorelativistas y posmodernos. Impostores, todos. No me impresiona el oscurantismo de su escritura, sino más bien me produce desdén. Creadores de paparruchas que no han aportado nada positivo a la humanidad.
Y ahora hemos adoptado sus discursos.
Finalmente. Me rebelo, en la medida en que me dejan, contra el uso de esa impostura intelectual que es el lenguaje legal. Que les den.

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