Esta no es mi última palabra.

Sé que contiene errores, pero me da pereza corregirlos. Esta no es mi última palabra.

domingo, 4 de enero de 2026

Solo un relato norteño

 

 Aquí estoy, una vez más. Esperando. Tumbada boca arriba, viendo las gaviotas pasar por encima del ejército que parte a las Islas Abruptas desde el puerto de Ventormenta. Echando una mirada alrededor veo miedo en las caras de los nuevos reclutas; noto sus nervios en las risas forzadas y las bromas que les sirven para alejar de sus mentes lo que saben que les espera. A buena parte de ellos, la muerte. No puedo aliviar sus preocupaciones con ánimos en los que no creo. No lo intentaré. Cada cual lo lleva como puede y, por las horriblemente feas calvas de los orcos viles ―a quienes, por cierto, ninguno de estos novatos ha tenido que enfrentarse―, que no lo estropeen todo cuando la situación se ponga fea de verdad, que aguanten en sus puestos y no nos pongan en peligro (más, si cabe) al resto. Pero, en fin. Esta vida que llevamos es así y la incertidumbre sobre nuestra integridad es omnipresente.

 Al final de la campaña de Pandaria también estuve en la misma situación en la que están ahora ellos. Llevada lejos de casa a acabar con el depuesto jefe de guerra de la Horda. Allí, mi fiel amigo Hanselm, el único a quien ahora mismo conozco de por aquí y yo, tuvimos nuestra primera prueba de fuego. Creo que ambos estábamos bastante asustados, aunque sabíamos que no nos iba a tocar ir en vanguardia. Con todo, y gracias a nuestros talentos, cumplimos con nuestras misiones, tan importantes para el desarrollo de los acontecimientos como las que se llevaban en la primera línea de las batallas más decisivas.

 Y esta situación en la que estoy ahora me recuerda a lo que ocurrió después de acabar aquella campaña, justo al iniciar la siguiente, en la que que tomamos parte desde el principio y de pleno. Esa vez ya sí en primera línea. Ahora estoy, como entonces en aquel inicio estuve, esperando tumbada a que nos pongan en movimiento. De aquellas eran esos espantosos roc de las Tierras Devastadas los que nos sobrevolaban acechantes, mientras esperábamos a que los capitanes nos fuera dando la orden de ponernos en marcha a través de ese nuevo Portal Oscuro. Hacia ese Draenor anacrónico que prometía ser un destino estremecedor. En aquella ocasión, al igual que en esta, Hanselm dormía. Madre mía, la capacidad que tiene este hombre para dormir en cualquier sitio y momento. Je.

 Le hicimos frente a la Horda de Hierro, él y yo. Cuando se trata de plantarse ante el enemigo con un escudo enorme y un espadón, embutido el cuerpo entero en metal, no hay quien le haga retroceder. Como si tuviese los pies enterrados, no cede terreno. Y mis descargas de caos canalizadas por encima de sus hombros hacen el resto del trabajo, mientras nuestros sanadores, los pobres al borde de una crisis nerviosa, nos van levantando la vida de manera frenética. Vaya dos patas para un banco. Ambos somos un poco las ovejas negras de nuestra familia. A saber qué fuerza del destino nos unió en las tabernas del Distrito de los Enanos, donde congeniamos nada más conocernos. Allí hacíamos competiciones de aguante a cerveza Cebatruenos y salchichas de uñagrieta. Él, miembro de una familia emparentada con la más alta nobleza de Lordaeron, de la que no quería saber nada. Cómo nos divertíamos provocando a sus primos, qué fácil nos resultaba. Aquellos primos paladines suyos, de quienes se podía decir que andaban con un palo metido por el culo: nobles, estrictos, estirados... seguro que se hubieran llevado de maravilla con mi madre... Ah, mi madre...Mi sagrada (¡ja!) madre...

 

Por dentro, tan profundo en el interior

 De niña, con quien me llevaba mejor era con mi tío abuelo. Él era un renombrado sacerdote disciplina, héroe de la pasada guerra contra la Cruzada Ardiente en Terrallende. Yo era jovencísima, prácticamente una niña; una prometedora estudiante de Sagrado en la Catedral de la Luz de la capital. Su debilidad. Me tenía en un pedestal. Él, un famoso héroe que había vuelto victorioso del planeta destruido, nada menos, contaba maravillas de mí a sus conocidos.

 Enseguida llegó su partida a Rasganorte. Como todo el mundo aquí en el reino de Ventormenta, tenía razones personales además de sus obligaciones como sacerdote de la Alianza. Aun siendo él de Villanorte, estaba muy unido a sus hermanos. Y la granja familiar, durante la juventud de mis padres, quedó bastante mermada por la Plaga, y en el cementerio del Cerro del Cuervo descansan algunos de mis dos generaciones precedentes, a quienes ésta envió allí.

 Mi madre, por oto lado, era una mujer valiente, fuerte y habilidosa que había mostrado su coraje defendiendo la granja así como las tierras comunales formando parte de las patrullas nocturnas de Villa Oscura. Por tanto, cuando decidió partir al continente helado siguiendo la senda de su tío, a nadie le extrañó demasiado. Mi padre, un hombre más voluntarioso y bondadoso que hecho para la violencia, no supo aceptarlo bien, y, aunque ello no significó que se volviera negligente ni con sus obligaciones hacia la granja ni hacia su familia, la alegría que siempre había estado presente en su interior se desvaneció.

 A continuación de la derrota de Arthas en Corona de Hielo vino el Cataclismo a nuestro mundo y mi tío abuelo, de nuevo y como siempre, se puso manos a la obra para combatir esta nueva amenaza. Con una diferencia notable. Para comenzar, el inicio de su cambio se había producido combatiendo a la Plaga del Rey Exánime junto a su hermandad en la Alianza. El que antaño fuera un disciplinado miembro e la rama más rigurosa del sacerdocio, había cambiado sus prioridades para poder servir mejor a la Alianza, con lo que en Rasganorte había combatido al Azote como sacerdote sagrado, sanando en grupo a los escuadrones que se internaban en esas fortalezas de pesadilla donde los más poderosos líderes del ejército no-muerto se acuartelaban junto con sus tropas de élite. Sin descuidar el seguir combatiendo a nuestra siempre rival Horda, asimismo como sanador sagrado de batalla.

 Personalmente, opino que los horrores que vio allí y los cambios políticos y las corruptelas dentro de las hermandades a las que tanto había sacrificado, perversiones de las que fue testigo impotente, oscurecieron su alma. A Alamuerte, el causante del Cataclismo, ya lo combatió en la rama de las Sombras, de donde no regresaría jamás a la Luz. El Cataclismo que cambió la apariencia del mundo que él tanto había amado y por el que tanto había luchado, creo yo, también sucedió dentro de él.

La Madre Oscuridad desciende y la Sombra me tiende la mano... para llevarme a una Tierra Crepuscular.
Ahora no.

 Mientras tanto, de mi madre, sin embargo no supimos hasta varios años después de la derrota del Rey Exánime. Resulta que no sólo era, en sí misma, un portento capaz de pasar horas enfrentando peligros espeluznantes a base de mazazos y golpes de escudo, como había demostrado en las patrullas nocturnas. No se contentaba con eso. La virtuosa de ella.

 Durante unos días libres que tuve, ayudando en casa, cierto día, habiendo cruzado el río al Norte, hacia el bosque de Elwynn, llegábamos ya a Villadorada a llevar unos aperos de labranza a arreglar, cuando pasó por la carretera que parte desde la capital una columna de soldados destacados vistiendo las llamativas armaduras brillantes y luciendo los dorados y azules tabardos de Ventormenta. La gente de campo nos apartamos a las cunetas para dejarlos pasar, respetuosos y cautivados por su imponente presencia. Cerrando la columna iban cuatro grandiosos paladines portando los conjuntos de armaduras mágicas más poderosos de su tiempo. Su presencia causaba admiración y reverencia al mismo tiempo, pues todo el mundo allí sabíamos que la amenaza de la Plaga no se había extendido a nuestras tierras hasta exterminarnos gracias a que aquella misma gente la había ido a combatir a su propio dominio, donde había derrotado a sus más altos comandantes, incluido, finalmente, el propio rey.

 En ese día fue cuando la chispa apagada de mi padre volvió a lucir de nuevo. Cuando uno de los paladines detuvo su caballo a nuestro lado y se quitó el bellamente ornamentado casco para desvelar que el rostro que bajo él se ocultaba era el de ella, mi madre. ¡Guau! Sí, al parecer, como supimos más tarde, desde el principio de la guerra contra el rey muerto viviente, los paladines jefe de escuadrones se fijaron en ella. Resulta que doña estupenda también tenía, además de su fortaleza, un talento innato para llamar a la Luz a su voluntad. Y, parece ser que, en una ocasión en que su escuadra de simples espadas se vio superada y rodeada por el enemigo tras haberse adelantado demasiado temerariamente en las filas contrarias, cuando estaban siendo severamente castigados y, habiendo dado todo por perdido, ella sola sacó con vida a una buena parte de ellos de semejante desesperanza. Sobreponiéndose a la situación, se las arregló para reagrupar a los que quedaban y organizó la retirada a las posiciones aliadas, yendo al frente de la formación. Lo que cuentan que vieron nuestros comandantes desde sus puestos de mando elevados no fueron simples bloqueos y mazazos para abrirse paso. Había algo en ella que parecía quemar a las abominaciones que se les interponían. Era la Luz. Mi madre era una paladina innata.

 Pues bien, en aquél día en el camino de Villadorada, el fijarse en el tabardo concreto que ella portaba y, sobre todo, ver la seriedad de su rostro, fue lo que consumió, esta vez de forma definitiva, la ultima llama de alegría que brevemente se había reavivado en mi padre. Ella era una paladina de la Cruzada Argenta y, por lo tanto, aun después de esos años en que no habíamos sabido ni siquiera si estaba viva, había tomado un camino que no la traería a nuestro lado. Bendita sea la Luz Sagrada, sí. Mi madre estaba viva, de acuerdo, pero ya no para nosotros, como quien dice.

¿Os pensáis que no nos damos cuenta? Haciéndoos los listos, sin ser inteligentes. Creáis problemas a más velocidad de a la que se pueden resolver, y luego pedís calma y sensatez en nombre de lo útil. Valientes pal...

Hreeethgir, no pienses así de la geeente, no merece la peeena.

 Supongo que yo misma, también, acepté a su vez ciertas realidades a las que había estado dando la espalda, por lo cual andaba melancólica por la abadía de Villanorte y los enormes salones abovedados de la catedral de Ventormenta.

 Por ejemplo: en la catedral, bajando por pasadizos que llevaban a varios niveles inferiores, había oscuras cámaras en cuyos muros reposaban instrumentos que, en mi opinión, no justificaban el fin al que servían. Cuando me mandaban allí abajo a por alguna vitela inscrita, al principio, no les hacía mucho caso; no me planteaba demasiado la razón de su presencia. Me parecían una parte más del inmobiliario, junto a las mesas de lectura y las estanterías de manuscritos. Pero según fui tomando conciencia de lo que eran, no fui pudiendo aceptar que esos horribles artilugios fabricados con el único fin de infligir un dolor insoportable estuvieran al servicio de la Luz. Por mucho que allí se hubiera atormentado a aberraciones demoníacas, no-muertas, o abyectos orcos asesinos de innumerables inocentes, provenientes del maldito Portal Oscuro para conquistar nuestro mundo a sangre y fuego.

 Aunque, a ser sincera, no se me diera nada mal manejar una maza y memorizar los rezos de fuego sagrado con que imbuirla de luminoso poder, todo aquello, al fin y al cabo, no acababa de convencerme. No me veía a mí misma sentenciando a mis enemigos en nombre de la Luz. Por otra parte, la rectitud y el virtuosismo de mi madre ya no me inspiraban, decepcionada como estaba. El momento en que vi, reflejándose en la expresión de mi padre, cómo la alegría volvía a su vida, para que enseguida, la compresión de las consecuencias le rompiese el corazón para siempre, fue un golpe definitivo a mi confianza en el sistema académico por niveles de entrenamiento y especialización.

 Así que abandoné mis estudios.

 A mi padre lo disgusté muchísimo. Otra decepción más que echarse a sus espaldas. En todo caso, tuvo la inteligencia de tratarme como a una adulta y, en consecuencia, yo empecé a comportarme como tal. Y, una vez se le pasó lo peor del disgusto, sin reproches ni riñas me ofreció la salida de la granja. Siempre había ayudado en ella, incluso durante mis estudios, claro está. No somos miembros de la nobleza de Alterac, a ver. Ahora que lo pienso y, por cierto, puede haber influido en que no sea muy fanática a la causa de Ventormenta ni de la Alianza, si a eso vamos. Bueno, la verdad es que a pesar de eso mismo, antes de ponerme a trabajar a tiempo completo, aproveché para cumplir con mis obligaciones con el reino. Este mundo siempre está en guerra y a los jóvenes en edad de finalizar la adolescencia con capacidad para defender la tierra propia se les exige ponerla en práctica, aprender de la experiencia y aumentar las capacidades. Con una toga de lino, lana y vestimentas del nivel, pobremente imbuidas de magia y empuñando un rudimentario bastón o varita ligeramente encantados, nos daban la misión de enfrentarnos a bandas de bandidos, gnolls y orcos lo suficientemente poco organizados como para no suponer un problema del que se tuvieran que ocupar los soldados profesionales. En aquél entonces los cultos crepusculares y el corrompido Vuelo Negro y estaban amenazando nuestros continentes, pero a mí no me tocó combatir estas amenazas, sino más bien poner orden en los problemas internos más de menor dificultad, e ir así obteniendo experiencia y reputación. Las tareas más importantes se reservaban a las personas de máximo nivel, como lo era mi tío abuelo. La oscuridad que anidaba en su interior y nuestro consecuente distanciamiento acabó por enfriar mucho nuestra relación. Él ya nunca volvió a ser el mismo y opino que la voluntad de luchar ya no arde en él como antaño, como en sus días de heroísmo y gran aventura. Después de haber pensado y comprendido estas circunstancias de su vida, ahora que yo he madurado como para analizarlas, no tengo nada que reprochar al hecho de que viva alejado de las grandes gestas, e incluso que no supiera digerir su decepción conmigo como tan bien hizo mi padre.

Me conocías lo suficientemente bien como para saber de sobra que no me asustaba el encargo, ni por dificultad, ni por responsabilidad, ni por trabajo. Para nada. Si me negaba era porque sabía que me iba a ver envuelta en un feo conflicto que no tenía energías para manejar. Me metiste en ese lío porque a ti te venía de maravilla y decidiste ignorar conscientemente mis objeciones. Y ahora que se ha cumplido lo que predije, exactamente como lo predije; Ahora que se han materializado mis temores, ¿Qué?, ¿Eh?, ¿QUÉ!

Ouuf...

 Una vez finalizado el periodo de aprendizaje básico en el arte de la guerra, a mi regreso, pasé unos pocos años más dedicándome a las duras e ingratas labores de la granja familiar, como había acordado con mi padre. Incluso así, en esta labor, destacaron mis capacidades para responsabilizarme de las tareas y mi habilidad heurística, con lo que conseguí que la economía en casa mantuviese cierta estabilidad gracias al comercio de nuestro excedente bien gestionado, y pronto todo el mundo allí, en la granja, se volvía hacia mí de manera espontánea cuando había que pensar en cómo superar cualquier dificultad.

 Sin embargo, el trabajo era muy duro y el tiempo pasaba y, una jornada especialmente complicada, después de haber pasado un montón de campanadas sacando piedras de un campo embarrado y habiendo estado repeliendo a los molestos animales salvajes que bajan de las colinas salvajes a hacernos la vida más difícil si cabe, me senté en un vallado a descansar un momento y... me desmoroné. Moralmente hablando. Me vi mí misma de vieja, con las manos encrespadas y cerradas como garras para siempre a fuerza de la tensión de unos tendones rígidos. Con la espalda encorvada a fuerza de arquearla y de agacharme para arrancar los muchas veces esquivos frutos de esa misma tierra pedregosa y encharcada. Y, lo peor de todo, con mi orgullo domado. La mirada de los demás, juzgando, siempre juzgando:

 —Mírala, la sobrina nieta del gran sacerdote, la hija de la poderosa cruzada. La prometedora estudiante en la Catedral de la Luz, nada menos. Todo ese talento y potencial utilizado para arrancar raíces de esta tierra lluviosa y de cielos grises. Claro que es lista, la chica, evidentemente, y con qué eficacia las arranca, ¿eh? ¡Ja!

 ¿O era mi insidiosa voz interna, herencia de los perfeccionistas y estrictos caracteres familiares quien me juzgaba?

 En cual aquella situación de angustia, casi al borde del llanto, abrumada por la frustración y la falta de perspectivas, estando con la cabeza sostenida por ambas manos cubriéndome la cara, me dije a mí misma:

 —Hrethgir, tía. Eres un coquito, y lo sabes. Tienes un don natural para el estudio de la hechicería. Se te da bien usar la cabeza. No desperdicies más tu capacidad aquí, entre montañas de estiércol y ¡Vuelve a retomar el camino que dejaste atrás interrumpido!

 Pues eso hice. Lo que pasa es que ya no era tan fácil como de chavalita, porque ahora mi familia me necesitaba para subsistir, así que decidí estudiar magia mientras a la vez trabajaba a tiempo parcial en el Distrito de Mercaderes. Podría pagarme los estudios y seguiría mandando ingresos a casa, donde con algo de esfuerzo y el oro que mandaría, sustituirme no iba a ser tan problemático.

 Ya me había hecho el cuento de la lechera en cuanto entré a las primeras clases. Un día futuro llevaría a mis padres a ver mi despacho de integrante del Kirin Tor en una alta torre de Dalaran. Qué orgullosos iban a estar de su a hija pródiga, miembro de la una de las más prestigiosas órdenes mágicas…. Pero las cosas no podían ser fáciles, no.

Todo el esfuerzo que hice, con el trabajo que me cuesta siempre... sincerarme... abrirme... para contarte lo que me pasaba, y...no pude hacerme entender. No mostraste ni un poco de comprensión y... me sentí tan... expuesta... Cómo me arrepiento de haberte confiado mi intimidad, de haberme puesto a mí misma en esa situación... y hacerme ahora sentir tan indefensa.

Venga, no pasa nada.

 El instructor arcano de magos era el hijo de los vecinos de mis padres, con lo que me conocía, y eso me animó bastante. Sin embargo, los compañeros, por un lado, y, por otro, la materia en sí...

 Los compañeros no congeniaron conmigo. No yo tampoco con ellos. Yo era joven, pero no tanto como el resto y a esa edad unos pocos años de diferencia distancian mucho. En general eran unos empollones y a pesar de que yo tenía capacidad de sobra para estar a la altura, me sentía fuera de lugar en medio de engreídos que pensaban que todo el daño infligido al enemigo por nuestras fuerzas salía casi en exclusiva de sus hechizos. Y luego, que yo pensaba erróneamente que la magia ofensiva, cualquiera que fuera la rama escogida, iba a proporcionarme el medio de desarrollarme profesionalmente. Sin embargo, la magia de escarcha, de fuego o arcana, que allí se aprendían. no acababan de casar conmigo. Vi que se trataba de memorizar demasiadas páginas y más páginas de hechizos de todo tipo, y mis obligaciones en la tienda de armaduras de tela onde trabajaba, que no podía desatender, no iban a permitírmelo.

 De nuevo, y supongo que usando como excusa para mí misma que en la vida en tienda no estaba nada mal y el trabajo en sí no era nada duro comparado con el de cultivar la tierra, decidí abandonar la escuela de magos, a las pocas semanas escasas de haber comenzado, y dedicarme en exclusiva a la sastrería en la tienda.

 Jamás en la vida sabré qué hubiera sido de mí si una eventualidad fortuita no hubiese evitado que llevase a cabo este plan. Porque, para mi enorme suerte, el día que fui a borrarme al Distrito de Magos, en el mostrador donde ya estaban tomando nota de mi renuncia, se cruzó un ángel e la guarda en mi vida, en forma de directora de la escuela de brujos. Ésta, se dirigió a quien ya archivaba mi cortísimo expediente escolar requiriéndole, de manera correcta y benevolente, que casos como el mío no se podían dejar escapar sin más. Me invitó a su acompañarla escaleras abajo en la trasera del Cordero Degollado, hasta un despacho donde charlamos un poco y donde me invitó a que no abandonara, sino que probara otra opción. Quizá... la brujería. Acepté. Le hice caso. Bendito caso.

Cualquier cosa diferente a haber tenido la enorme suerte de alcanzar lo que, por encima de todo lo demás, tanto anhelaba, se me hubiera hecho tristísimo. Yo estaba completamente segura de que conseguirlo era imposible, y, a pesar de todo, resultó tal cual. Tristísimo.

Por favor, no..

 De esta experiencia sí que guardo buenos recuerdos de mis compañeros de clase, mira. Aunque al principio me vieron como yo veía a los magos, una empollona rarita, además de mayor que ellos, enseguida les caí bien, nada más conocerme. "¿Empollona yo?, sí; ¿cuándo, si puede saberse?, si salgo de aquí y me voy directa al taller de sastrería a confeccionar togas para el mogollón de hechiceros que vienen a comprar, que ni festivos tengo". Lo de rarita se la quitaban de la cabeza en cuanto hablábamos de nuestras cosas... ¡Con lo fácil que he hecho amigos yo siempre!

 Por otro lado, después de unos breves e intensos años de formación, que se hicieron bastante cuesta arriba debido a que era una adulta de pleno derecho al tener que ganarme el pan por mis propios medios a la vez que estudiaba, salí de la formación, muchas veces practicada en plenas misiones de lucha, como una bruja por derecho propio. Ese nivel máximo lo obtuve con esfuerzo debido a mis circunstancias personales, pero fue también gracias a mi intelecto, memoria y celeridad mental que finalicé la primera de clase y enseguida me aceptaron en una hermandad que mandaba a sus miembros a Pandaria, donde comenzó mi vida de pleno al servicio de la Alianza. Después vino Draenor y mi veteranía...

 

Si estás leyendo este relato
Puede que pienses que l
as palabras están mal
Pero no lo están

Las pensó así

 

 Y... se acabó el paseo por mis recuerdos. Aquí viene una capitana de mi hermandad, directa hacia nosotros, lo que significa que nos movemos. Si no fuera porque los elfos de la noche me inspiran respeto y cierta inquietud, con esa fría mirada luminiscente con la que parecen atravesarte desde su altura, le diría un par de palabras, a la maga listilla ésta. Bueno, y porque es mi capitana y, aunque nos meta siempre en las tareas más duras y difíciles, que, ya que somos un cuerpo de élite, para eso estamos, nos mantiene con vida y hace que nos den buenos alojamientos, buena comida y nos paguen bien y a tiempo. Y porque su rango superior no me deja. Eso también.

Mi respuesta emocional me pilló tan desprevenida… Si pudiera apoyarme en tu fuerza, inspirarme en ella... No sé... ¿Alguna vez también tú te sentiste sola y perdida? ¿Y qué hiciste?

Oooh.

 Cierto día, en una lucha en grupo, una cazadora enana comentó que le parecía una bonita curiosidad el hecho de que los dos amigos, Hanselm y yo, tuviéramos nombres nórdicos. Hanselm, que no tiene buen talante cuando cree que están cuestionando su modo de tanquear y, dejándome a mí lo de los idiomas, me preguntó a ver qué decía, ya con la mosca detrás den la oreja. Cuando se lo aclaré se puso contento. Él no lo reconoce abiertamente, pero ser de procedencia del norte de los Reinos del Este le enorgullece. A ver si ese mosqueo fácil que tiene lo saca con la capitana y me divierto un poco con la situación. Dejaré que le despierte ella, a ver si hay suerte y me río un rato después, a solas...

 Al final aquí estoy, junto al compañero con el que formo un dúo letal. Sin mayores pretensiones, pese a que es evidente que los gerifaltes nos tratan con deferencia, incluso hasta el nivel de llamarnos por nuestro nombre propio o, cosa que detesto, cosas como“adalid”. Camino a la guerra donde parece que según se rumorea, incluso el mismísimo titán caído, ¡por la delantera de a diosa Elune!, está poniendo toda la carne en el asador. La cosa va a estar difícil y no sé si saldremos bien parados. De ser así surgirá una nueva historia que tendré que contar en otro momento.

 

 

 

 

 



 

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